Hay culturas en las que la mayoría de la gente suele pagar rápido y donde están facilmente dispuestos a pagar con antelación.
En otras culturas hay una preferencia de retrasar el pago al máximo y, en todo caso, nunca pagar antes de recibir la mercancía o consumir el servicio.
La intuición nos enseña que estos hábitos dependen de la confianza mútua, de la seguridad legal para reclamar, sea el servicio o producto, sea el pago, y del nivel de profesionalidad de las partes.
Todo esto no lo pongo en duda. Aún así, en una situación de intercambio observé un aspecto diferente. Siempre se tomaba por hecho que en una economía más avanzada se prefiere el pronto pago y en una cultura más primitiva solía prevaler un pago retrasado al máximo.
Pero el pago en un intercambio económico tiene una componente comunicativa más allá. El principal efecto de un pago es su relación con la situación de deuda.
En el caso del pronto pago se genera una deuda, en concreto, el pagador convierte al que presta el servio en un deudor que le debe un servicio (o producto).
En cambio, en el pago posterior el quién ofrece el producto o servicio convierte al pagador en deudor.
En otras palabras, cuánto más se aleja el momento del pago de la oferta económica, es decir, cuánto más se alarga en el tiempo un proceso de intercambio económico, más duradera se hace una relación de deudor-acreedor entre el proveedore y su cliente.
A parte de las multiples razones prácticas económicas, que dependen del marco jurídico-financiero del contexto en el cuál ocurre el intercambio, el modo de pago expresa también el grado de interés que tienen las partes en sentirse ligados mediante contrato, obligados. El lado que mantiene la deuda, suele ser la part más débil, la que inicia el proceso, y con ello crea la deuda la parte poderosa.